viernes, 4 de abril de 2014

Viernes 4



Hay una expresión en inglés “count your blessings” que traducida literalmente es “cuenta tus bendiciones” y que sugiere que te concentres en tus activos en vez de tus pasivos. Algo así como: “mirá el vaso medio lleno” y “hacé tripas corazón”.


Después de esta primera semana de trabajo, si “cuento mis bendiciones” no me fue tan mal. Podría ser peor. Bueno, todo siempre podría ser peor. Pero no se trata de que sea lógico sino positivo. De todos modos no canto victoria ni descorcho el champán todavía, me quedan algunos cursos por conocer. Porque ya que andamos entre dichos y expresiones: “nunca se sabe por dónde salta la liebre”.


Bueno, tampoco se trata de ir a mi primer fin de semana con el “corazón en la boca”. Perdón, todo suena muy neurótico, pero hoy me levanté medio desazonado. Los docentes en el fondo somos científicos poco confiables que experimentamos con el más voluble de los elementos: el ser humano. Y somos poco confiables porque nosotros mismos pertenecemos a ese elemento tan voluble, porque, créase o no, somos humanos.


Quizá la desazón me venga de la incomodidad adolescente de no vivir en mi mundo ideal, que no es igual al mundo ideal del de al lado, claro. Pero ¿”a la vejez viruela” incomodidad adolescente? ¿Será el efecto contagio por pararme ante tantos jóvenes?


Me estoy enredando.


Algo me hace ruido y no sé qué es.


Reduzcamos la cuestión a un problema con solución. Digamos, por ejemplo, que tengo desazón porque va a llover y no podré llevar a cabo ninguno de los planes que tenía pare este fin de semana.


Porque va a llover, ¿no?


Hasta el lunes.

jueves, 3 de abril de 2014

Jueves 3




Que los ángeles lloren lágrimas de sangre y que yo no tenga otro momento de alegría, si reniego de un feriado. Pero uno que cae en el medio del arranque de actividades puede tener contraindicaciones. Puede devolvernos al primer casillero de nuestro juego de la oca. Y este jueves, en vez de tener la resignación de un jueves, tiene los bríos sádicos de un lunes. A la hora de prepararme para ir a la escuela, tengo menos ganas de hacerlo que de someterme a una trepanación de cerebro sin anestesia. Pero si después de más de 30 años de docencia, no tengo la inercia de un profesional, estuve más de 30 años al  pedo. Como no fue así, junto ganas del fondo del tarro y salgo. Antes, claro, suspiro por no haber nacido George Clooney.


Se supone que es una clase sencilla porque es mixta. No mixta porque haya varones y mujeres, sino porque hay alumnos que ya me tuvieron y otros que no. Y si conversaron, ya se habrán pasado mis señas, mis ventajas y donde me aprieta el zapato. Lo cual acelera el trámite de la adaptación mutua. De nuevo, otro curso más de falsos adultos, o sea con primacía de  jovencitos más imberbes que berbes, pero al menos hay tres adultos verdaderos. Entre ellos, albricias, el Peñón de Gibraltar. Lo llamo así porque es un “pater familias” de aquellos. No solo es un alumno ejemplar sino que se preocupa de que todos lo sean, les recuerda a sus compañeros las tareas a traer, las fechas de examen y hasta les hace fotocopias extras a los que faltaron. Si en cada clase hubiera un Peñón de Gibraltar, nuestra tarea sería más lisa que la auténtica seda china de gusano. 


No me puedo quejar, el repaso fluye venturoso, interrumpido apenas por la irrupción de la preceptora, que se disculpa por traer notificaciones. Hay que elaborar un plan de clase alternativo para recuperar los días perdidos, traer tareas para las horas libres y elaborar un cuadernillo con actividades para el hogar, (todo por el mismo motivo, repito y subrayo: los días  perdidos). Al margen, claro, de las planificaciones anuales habituales, el informe inicial sobre cada grupo que tengamos y la hoja de ruta apropiadamente sellada. La hoja de ruta (planilla en que consignamos los días y las horas que tenemos en cada escuela y que es firmada por alguna autoridad de las diferentes escuelas en las que trabajamos) tiene un plazo de entrega entre imposible y absurdo: mañana. Si quisiéramos cumplir con dicho plazo, tendríamos que ir a las escuelas a las que no fuimos ayer a que nos firmen la hojita. Sin comentarios. 


El sistema se ha empeñado en que la vida del docente sea tan agradable como pasar la noche en un ascensor atrapado entre dos pisos, con un cable roto, otro a punto de cortarse, y con 20 personas más, diarreicas y multifóbicas. Ante cualquier eventualidad, subrayo cualquiera, el factor de ajuste siempre es el docente. Si el alumno no aprende, la responsabilidad es tuya; si hacés huelga porque te dan un sueldo de miseria, la responsabilidad es tuya; y si hay un tsunami en Saigón, la responsabilidad es tuya. Desde ya, perderé el fin de semana haciendo el informe, el plan alternativo, los cuadernillos y las tareas extras para las horas libres. Los presentaré para que sean convenientemente archivados, y sólo en el 1% de los casos puestos en práctica. Todo para que la Barbie Ministra, que de Educación no entiende de nada, salvo del curso de posgrado: Tintura para el Pelo, se haga la eficiente ante los diarios. En un aula me banco la que sea, y si me descuido, hasta con una sonrisa, pero el papeleo al pedo me saca más pelos que al Yeti. 

martes, 1 de abril de 2014

Martes 1



Siete y treinta y uno de la mañana. Todos estamos más dormidos que Bella Durmiente  pasada de alopidol. Yo me despierto con un sobresalto, no abandono una pesadilla sino que comienzo a vivir una. Tengo por delante dos horas reloj con un minúsculo grupo de unos treinta y cinco adolescentes. Si Dios existe se tomó vacaciones antes de oír mis plegarias. Para acrecentar mi orfandad, hubo cambio de preceptoras. Ésta es nueva, en mi vida, no en la escuela. Tendré que construir una relación desde cero. Me consuelo pensando que parece sensata, despabilada y eficiente, no es mala base. Con las buenas preceptoras armo un tándem, cuasi matrimonial, con el tiempo llegamos a conocernos las mañas, a respetarnos y apoyarnos. La escuela es un desierto y siempre ayuda tener a alguien con una cantimplora extra. Con la anterior tenía una relación de años, si tuviera lágrimas, se las vertería. Quedo solo y temo el momento en que los 35 se despierten. ¿Quién dijo que todo está perdido? Aparecen dos alumnos más que acaban de inscribirse. Comienzo con mis preguntas habituales: ¿tuviste inglés el año pasado? (que puede reemplazarse con: ¿cuándo fue la última vez que tuviste inglés?) ¿te iba bien?, ¿te gustaba? Las respuestas me indican que estoy ante el típico campo de refugiados Los Desamparados del Inglés. Arranco con un repaso, Dios vuelve de sus vacaciones y se apiada de mí. Los más revoltosos recuerdan algo de inglés y están dispuestos a lucirse. Me embriaga algo parecido a la alegría, siento como que se me reducen 10 años de mi cadena perpetua. Media hora antes del recreo, el milagro se extingue. Para no abusar de mi suerte, me tomo todo el tiempo del mundo para corregir y conversar con mis viejos conocidos: el equipo de repetidores. Cuando termino, faltan como cinco minutos para el timbre. Guardo mis cosas y me preparo para hacer el truco que me humaniza, los divierte y los hace confiar en mí: salir propulsado a chorro en el segundo que el timbre suena. Nada de sutilezas ni hipocresías, nos hermana saber que el momento más feliz de la escuela es el de la partida. Podría aspirar a algún premio docente, aunque más no sea por el infatigable entusiasmo para enseñar algo incluso después de tantos años con la tiza en la mano, pero sin exagerar, en las actuales condiciones de trabajo, huir es el mejor destino.


A la tarde me toca una escuela a la que accedí porque cerraron un curso en la que sí había elegido. Llevo ya varios años y sigo sin hacer pie. Me digo que es porque tengo un solo curso, no obstante en otras tengo también uno, y no solo hago pie sino que hasta despunto mi zapateo americano. Supuestamente es de adultos, aunque allí desde casi siempre fue de “ex” adultos. Me queda más lejos que un horizonte y medio. Normalmente arranca escalonadamente, pero no sé si lo hará este año debido a la larga huelga. Iré, claro, pero me molestaría hacerlo inútilmente. Podría intentar llamar al teléfono de línea, sin embargo lograr comunicarse con una escuela es más difícil que saltar la banca de un casino tres veces en una noche. No tengo el celular de nadie y ni soñar con que me avisen de que no comienzo, si tal fuera el caso, son menos solidarios que pasajeros de primera clase saltando a los botes salvavidas. A gastar suela se ha dicho. En el camino recuerdo que esa escuela tiene en su nombre algo que ver Malvinas y que como son las últimas horas del turno, quizá me toque acto. Pero poca es mi suerte, tengo clase y no hay acto. La profe que me precede me alienta: respirá tranquilo que son buenos. Es así nomás, clase agradable. Eso sí, súper adultos, el mayor tiene 18, los demás oscilan entre 16 y 17. La venganza de la juventud. Cuando concursé tomé la mayor cantidad de cursos de adultos y ahora se llenan de púberes. Mañana es feriado o como decía mi papá que fue empresario teatral más o menos una semana: Descanso de la compañía. Viene bien, enseñar en la provincia no sólo es un ejercicio intelectual sino físico: hay que correr de un lado al otro, a pie (mi caso), en cole, bici, moto o auto. Y eso cansa. En un par de semanas habremos entrado en carrera, pero ahora que calentamos motores, notamos los años y la larga pausa. Calavera no chilla…


lunes, 31 de marzo de 2014

Lunes 31


Llego temprano, siempre lo hago, pero en los primeros días más que nunca, si va a haber caos, mejor llegar antes de que se arme que en el medio de él. Las puertas de la escuela están cerradas y los alumnos esperan en la vereda. Elijo no tocar timbre para no parecer ansioso por trabajar o asustado por la muchedumbre estudiantil y llamo la atención de un portero para que me abra. Me topo con el director y nos saludamos. Sin querer sumo méritos, mis colegas, menos precavidos, llegarán más tarde y se ganarán una buena reprimenda. No se han cubierto todas las vacantes de preceptores, así que habrá que improvisar, los que están tendrán que organizar más clases de las que tendrán normalmente. Se hace entrar a los alumnos, se los reúne en el patio. El director les da la bienvenida, anuncia que habrá que recuperar en clase los días perdidos y a continuación los preceptores leen las listas de cada curso y les indican a qué aula dirigirse. Mi preceptora habitual no está, no pregunto por qué, ya habrá tiempo de enterarse, en los primeros días lo ideal es ver, oír y callar. Por suerte la reemplaza, al menos por ahora, otra igual de simpática y de bien dispuesta. Digo por suerte porque ha vuelto otra que tiene menos aptitud para el cargo que Nicole Kidman para pasar desapercibida. Leen mi lista y me voy tras los alumnos rumbo al aula que nos tocará. Se supone que es un curso de adultos. Subrayo se supone, porque a partir de este año los niñitos de 15 años ya pueden aspirar a cursar en adultos, y no solo los repetidores y los que no se adaptaron al secundario común sino también los que tengan esa edad aunque no hayan terminado la primaria. Sí, para la política educativa lo importante es la escolarización a como dé lugar, no los méritos o las habilidades para estar en tal o cual lugar de la escala formativa. Mi salón parece una fiesta de quince, el mayor tiene 16 años. Bien, si se portan mal, la próxima clase traigo cotillón y armo un carnaval carioca. En las primeras clases casi nadie se porta mal, pero ya se perfilan los que nos darán dolor de muelas. Cuando se enteran que doy inglés, ponen cara de masticar soretes. Y sí, en la desidia intelectual habitual, inglés interesa menos que un partido de wáter polo entre dos equipos de la tercera edad. Pido buena onda, dejo que me gane el espíritu de Piñón Fijo y zafamos una primera clase que bien mirada si no es atractiva al menos es indolora. 


Salgo corriendo para poder llegar a la  próxima clase en otra escuela que no está precisamente a la vuelta. A mitad de camino en un quiosco que tiene una máquina de nescafé, me compro un capuchino, que iré tomando por la calle, mientras me encomiendo a los dioses porque me espera un primer año de secundaria básica, que en el viejo sistema era el viejo y querido séptimo grado. En la actualidad, sabrá Dios por qué, los jovencitos tienen más problemas que un hormiguero fumigado y se portan peor que un motín carcelario. El año pasado padecí cada minuto de las dos horas reloj que duran los dos benditos módulos. Sólo un bolerista desmadrado podría expresar lo que se sufre en un curso así. Llego en medio del recreo y sorpresa, el timbre para acceder a la portería no está, hasta los cables que llegan a él no están. ¿Como no puedo avisar que llegué, me tendré que ir? No permanezco mucho perdido en el dilema, me ve la bibliotecaria, le avisa al portero quien viene a abrirme. Tengo todavía unos minutos para sociabilizar en sala de profesores. Pasados los saludos, discutimos que a nosotros la huelga no nos trajo ninguna victoria apreciable, que a lo sumo por los prorrateos de nuestras horas nos tocarán los peniques y no la luna, o para decirlo según el dicho rioplatense, los veinte y no la chancha. Y sí, primaria no es secundaria, y cuando se anuncian porcentajes de aumento, secundaria queda muy lejos de primaria. La campana pone fin a la queja y nos insta a refugiarnos en las aulas. La hora de la verdad ha llegado. 


Sorpresa. Los alumnos son menos letales que los del año pasado. Tampoco les gusta inglés, pero no son inmunes al entusiasmo sobreactuado que pongo para sacar adelante un repaso, que sale menos desgraciado que de costumbre. Recibo el mejor elogio que puede recibir un docente: se me pasó rápido esta hora. Después del recreo, la magia desaparece y la segunda hora (reloj) se pone lenta. También, con horas tan largas no los entretenés ni con la parafernalia de Moulin Rouge! No importa, quizá (no alentemos esperanzas que puedan desvanecerse más rápido que los aumentos de nuestro sueldo) se dejen enseñar algo. Bien, una clase menos en mi vida docente. Ahora a esperar tres horas y media para que lleguen las últimas de la nocturna. Abrigo la llama del fuego sagrado docente para que no se apague, titubea, titubea pero sigue prendida. Milagro de primer día. Llego y ¡sorpresa! segundo año comienza mañana. Igual sonrío, una clase menos es una clase menos. Antes de irme, alguien se disculpa por no haberme avisado, igual se agradece. El misterio de cómo será este grupo permanecerá abierto hasta la próxima semana. Cruzo los dedos.

domingo, 30 de marzo de 2014

Domingo 30




Últimas horas de libertad antes de que la cabeza se llene de listas de alumnos, planificaciones a editar, hojas de ruta a llenar, informes a realizar, fechas de exámenes a recordar y otras delicias administrativas a gambetear. Llueve con efectos especiales, por si se corta la luz, plancho la ropa que usaré durante la semana, no porque me importe demasiado la apariencia o la prolijidad sino para no desatar miradas extras de curiosidad o crítica. A veces no hacerse notar no es la mejor política, es la única posible para sobrellevar los días sin presiones extras. Normalmente, secundaria comienza sus clases una semana, o al menos algunos días, después de primaria. Y en el caso de la secundaria de ex adultos (la aclaración pertinente del “ex” vendrá a su debido momento) hasta hay comienzos escalonadas, por ejemplo, el primer lunes inicia tercero (que se supone más consolidado), el martes segundo y el miércoles o jueves, primero (que necesita un poco más de tiempo para efectivizar sus listas). Este año, como venimos de una huelga larga, sabrá Dios cómo será. La consigna es que mañana estemos todos en las escuelas. Si a todos los actores se les frunce el cuero antes de comenzar una función teatral, a todos los docentes (tanto a los nuevitos como a los bien veteranos) nos acucia una angustia antes de comenzar las clases: ¿cómo serán los grupos que nos toquen? Porque las peculiaridades de los grupos en cuestión serán los afanes o los deleites con los que tendremos que convivir todo, subrayo todo, el año. Los  profesores, a diferencia de los maestros que se ocupan de una sola clase, tenemos tantos cursos diferentes, subrayo diferentes, como horas tengamos. Y en la variedad está el gusto o el disgusto. Los lunes pueden ser la gloria, los martes el infierno, el miércoles el purgatorio, los jueves el budismo zen y los viernes, te da lo mismo, ya estás anestesiado. Las variaciones pueden darse también en el mismo día: mañana de lunes “en paz”, tarde de lunes “de pesar”. Y claro, incluso de un período a otro: nirvana en la primera hora de la mañana (más que nada porque están dormidos), nadar en el río de los cocodrilos en la siguiente. El año pasado, cuando entraba los jueves a la tarde a una escuela, me cruzaba con un grupo de alumnitos y en silencio le agradecía a los cielos que no me hubieran tocado, después los veíamos en acción en el patio porque rara vez tenían clases, los profesores hacían cola para renunciar y los suplentes pasaban tan fugazmente que parecían fantasmas. Que el terror te esquive no invalida que siempre esté latente.


Mientras me detengo en los pliegues de las camisas, de paso también me plancho el ánimo. Lo que deba ser será, tal como daba a entender la vieja canción.